Vidas. Rafael Cabrejas. Un republicano en el exilio (II)

A lo largo de la mañana del 18 de julio de 1936 los rumores sobre un posible estallido de un movimiento militar desde las posesiones del norte de África fue adueñándose de las conversaciones entre los vecinos de la Villa de Mallén. Las noticias llegaban a cuentagotas a través de los escasos aparatos de radio que existían en algunos centros de la localidad, creando un clima de expectación. “Los primeros momentos eran, de expectación, no sabía de qué iba, ni a dónde íbamos […]”. Confirmadas las noticias de la sublevación militar, Rafael, como muchos otros vecinos de la localidad, se tuvo que marchar de Mallén.

“[…] me fui muy pronto de Mallén porque sabía que corría peligro mi vida, y de Mallén me fui a Zaragoza y allí me entregué a Falange”.

Después de tomarle la filiación, Rafael fue destinado al cuartel de Castillejos donde permaneció por lo menos 20 días recibiendo instrucción militar y tras los cuales fue destinado al frente de Almudevar, “y a los dos días me pasé” al bando republicano. Una vez hubo pasado las líneas enemigas Rafael se fue a Barcelona, a casa de unos familiares. Allí permaneció durante unos días, hasta que tomó la decisión de alistarse como voluntario en el Ejército republicano. Días más tarde fue destinado a Madrid, ciudad donde participó en los duros combates contra las tropas de Franco.

Pasados unos 2 o 3 meses Rafael regresó de nuevo a Barcelona. Allí ingresó en la Columna Durruti siendo destinado posteriormente al frente de Aragón. “Y allí estuve casi todo el tiempo, casi todo”. Las largas jornadas de inactividad, el estatismo de las líneas que reinaban algunos meses se tejían con otras temporadas de intensos y encarnizados combates,… un ritmo que llegó a hartar a nuestro personaje: “a lo último de la guerra yo también estaba harto, porque salías de un combate y te metían en otro”.

Cansado del ambiente del frente, Rafael tomó la decisión de alistarse en guerrilleros:

“Era más peligroso, pero me alisté en guerrilleros. Allí te mandaban a hacer actos de sabotaje. Por ejemplo a meter un cordón para que cuando pasase un camión y hacerlo saltar y después de cada acción estabas a lo mejor un mes tranquilo. Eso de estar en el frente todo el tiempo, aunque [quizá] había menos peligro, pero prefería eso. Y allí en guerrilleros estuve hasta lo último de la guerra”.

Poco a poco, Rafael vio cómo las tropas que tres años atrás se habían sublevado contra la legalidad republicana ahora avanzaban imparables hacia Cataluña. Roto el frente del Ebro tras las cruentas batallas de los primeros meses de 1938, y conquistado gran parte del norte peninsular, Cataluña parecía convertirse en el último bastión de la II República. Pero llegó 1939 y el ejército de Franco logró avanzar, casi sin problemas, por el territorio catalán, recuperando una por una todas las localidades que permanecían en manos republicanas. A finales de enero de 1939, Rafael estaba en Barcelona cuando las tropas de Franco entraron en la ciudad condal: “Yo estaba en Barcelona en un lado y los fascistas entrando por el otro”.

De allí, junto con miles de militares y civiles, marchó hacia el exilio. Antes de abandonar el territorio español, Rafael y varios compañeros recorrieron con un camión los diferentes polvorines haciéndolos estallar para evitar que cayeran en manos de sus enemigos y unos días más tarde, el 9 de febrero de 1939, “pasamos a Francia”. Después de ser desarmados, Rafael y sus compañeros fueron conducidos por las fuerzas militares francesas hasta el campo de concentración de Saint Cypriens, donde estuvo varias semanas para posteriormente ser trasladado al campo de concentración de Barcarès. Su estancia en el campo de concentración francés estuvo marcada en un principio por el hambre y las deficientes condiciones materiales del mismo. Al llegar a Saint Cypriens, les dieron “un pan para 25” personas, circunstancia, recuerda Rafael, que al cabo de unas semanas fue corregida, las cocinas comenzaron a organizarse “y la cosa ya pasó a regular”.

A las pocas semanas, algunos de los confinados comenzaron a beneficiarse de los permisos de trabajo que se constituyó en una salida habitual de los exiliados españoles de aquellos centros de encierro. Rafael, deseoso de recuperar su libertad, intentó, junto con un amigo, salir del Saint-Cypriens a través de la playa, pero “cuando estábamos a medio camino hasta llegar a la playa nos echaron los focos y nos dijeron <<¡Eh, vosotros, atrás!>>”.

Con el paso de las semanas fue trasladado al campo de Barcarés, y poco tiempo después fue localizado por unos amigos de su familia que años atrás habían emigrado a Francia por razones económicas, le ofrecieron un trabajo y lo sacaron del campo de concentración. A partir de entonces su situación mejoró ostensiblemente. No tardó en encontrar un trabajo en una granja agrícola, pronto encontró el amor y acabó casado con la hija del dueño de la granja donde trabajaba.

Nota: Publicado en «Cuadernos de Memoria», vol I, de la Asociación Cultural Révolté.

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