El exilio europeo (1939-1945)

Pocas son las páginas que se han escrito sobre la terrible historia del exilio al que se vieron abocados miles y miles de europeos durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). En este breve artículo veremos quiénes eran las personas que se vieron forzadas a abandonar sus casas para salvar la vida; cómo lograron escapar de la guerra y, quizá lo más interesante, cómo muchos vinieron a España pensando que, al mantenerse neutral, el estado franquista les daría refugio y les ayudaría a llegar a su destino final.

Huir del fascismo

Con el inicio de la II Guerra Mundial (septiembre, 1939) dio comienzo lo que podría definirse como el gran exilio europeo. En los países donde el fascismo se impuso en los años veinte y treinta, miles de personas, sobre todo intelectuales y disidentes políticos, se habían visto obligados a abandonar su país por motivos políticos. En muchas ocasiones, los disidentes tuvieron que dejar su hogar para iniciar una nueva vida en una nación más afín a sus postulados políticos e ideológicos. Ese fue el caso, por ejemplo, del escritor austríaco Otto Von Horvath, quien abandonó su patria en el año 1934 y tuvo que establecerse en Paris. Allí escribió sus últimas novelas y en la capital francesa falleció como consecuencia de las lesiones que le produjo una rama de un árbol que cayó fortuitamente sobre él durante una tormenta en la primavera de 1938.

A partir del 1 de septiembre de 1939, en Polonia, Francia, Austria, Bélgica y otros muchos países europeos miles de personas se vieron obligadas a abandonar sus hogares y comenzaron un largo viaje al exilio. Sus historias personales fueron muy heterogéneas, aunque las causas de su exilio forzado siempre estaban ligadas a la raza o a la ideología. Miles de judíos y cientos de destacados disidentes políticos (artistas, escritores, políticos, sindicalistas, entre muchos otros.) comenzaron un largo viaje no exento de problemas. La primera dificultad que se presentaba era elegir un destino.

La rápida expansión de las conquistas alemanas por toda Europa hizo que pocos sitios fueran seguros en el viejo continente. Por ese motivo, al iniciarse la guerra muchos vieron en el exilio transoceánico la única vía de escape. La gran dificultad era llegar a una región desde donde poder embarcar en avión o en barco rumbo a Inglaterra o hacia alguno de los países del continente Americano. Una de esas rutas de huida pasaba por entrar España y dirigirse a Portugal donde podrían dejar el viejo continente. Así, al menos, lo creyeron miles de Polacos, Franceses, Belgas o Alemanes que a finales de 1939 y, principalmente, desde 1940 comenzaron a entrar en España por los múltiples pasos fronterizos de los Pirineos. Los más afortunados, aquellos que habían conseguido los papeles necesarios para entrar en el país, llegaron a España y desde aquí lograron huir a Gran Bretaña, Canadá o Estados Unidos. Pero no todas las personas que llegaban a la frontera tenían los papeles reglamentarios.

En el caso de los judíos, su condición de apátridas, les convertía en un blanco fácil para las autoridades. Su capacidad de movimiento, al no poseer documentos ni nacionalidad, era mucho más limitada por Europa. Y aquellos que lograban alcanzar la frontera española se veían abocados a cruzar los Pirineos de manera clandestina.

Muchos disidentes políticos que llevaban años combatiendo al fascismo se vieron obligados a huir y a entrar en la península de la misma forma, así como otras personas que trataban de alejarse de la guerra y de la barbarie que ésta sembraba por toda Europa. Por último, dentro de esos colectivos que trataban de huir del viejo continente, habría que incluir a miles de militares aliados que atravesaban la frontera española (especialmente británicos y canadienses), ya que representaba una vía de escape para poder regresar a sus países y reincorporarse inmediatamente a la lucha.

De acuerdo a los estudios realizados por Calvet, desde 1939 hasta 1945 al menos 80.000 personas cruzaron la frontera pirenaica. Esa llegada masiva de europeos a España se realizó, mayoritariamente, de manera ilegal. La inmensa mayoría no tenían los papeles necesarios para cruzar la frontera y, por ese motivo, fueron considerados y tratados como delincuentes.

España, como vía de salida del continente

En el caso de ser detectados, eran detenidos por la Guardia Civil al haber incurrido en un delito de “paso clandestino de frontera”. Su caso podía adquirir una mayor gravedad si llevaban dinero en sus bolsillos, ya que se consideraba que ingresaban moneda en el país de forma ilegal, incurriendo en un delito fiscal. En esas ocasiones, Hacienda les requisaba todo ese dinero y les abría un proceso para dirimir responsabilidades penales. Por lo tanto, las personas que atravesaban los Pirineos sin la documentación en regla se exponían a ser detenidos, procesados judicialmente y, en el peor de los casos, podían ser condenados a varios años de encierro (aunque muchos de los detenidos pasaron años en prisión sin ser siquiera procesados).

En el caso de que los extranjeros fueran detenidos por pasar la frontera, eran conducidos al puesto más cercano de la benemérita. Allí, el comandante jefe o la máxima autoridad de la Guardia Civil les interrogaba para averiguar datos tan importantes tales como si habían recibido ayuda para cruzar la frontera, la opinión que existía en el extranjero sobre la España franquista o les preguntaban si en su travesía a través de los Pirineos habían visto grupos armados.

Desde el puesto de la Guardia Civil se informaba al Gobernador Civil sobre las detenciones realizadas, y éste solía ordenar el traslado de los extranjeros a la capital de provincia. Una vez en la  ciudad solían ser conducidos a la comisaría de policía donde, de nuevo, eran interrogados. Posteriormente, una vez cumplimentados los interrogatorios, los detenidos solían ser enviados a la Prisión Provincial bajo la autoridad el Gobernador Civil. Y de allí dependiendo de una gran cantidad de factores podían ser enviados a la Dirección General de Seguridad (Madrid), donde eran de nuevo sometidos a interrogatorios, podían ser trasladados a otras prisiones franquistaso las autoridades podían decretar su expulsión del territorio nacional (en estos casos, solían ser entregados a las autoridades nazis en la frontera e iniciaban un largo viaje en tren hacia los campos de exterminio) o como ocurría en la mayoría de los casos, eran enviados al Campo de Concentración de Mirandade Ebro. Algunos detenidos salieron en libertad en tan solo unas semanas gracias a la actuación de las embajadas canadienses, inglesas o estadounidense, que a su vez agilizaban la salida del país del detenido. Otros, en cambio, permanecieron encerrados meses e incluso años, dándose una curiosa imagen: mientras en Europa los alemanes eran derrotados y los prisioneros de los campos de concentración recobraban la libertad, en España muchos europeos seguían detenidos y encarcelados en las prisiones y campos de concentración franquistas.

El exilio de Werner Barasch.

La historia de Werner Barasch puede ser sumamente ilustrativa para comprender el largo viaje que, en la mayoría de los casos, tenían que hacer muchos europeos para intentar huir del fascismo, de la guerra y de la miseria que asolaba a Europa durante la II Guerra Mundial.

En 1936 Werner Barasch era un joven de 17 años que se encontraba estudiando en Suiza. A principios de ese año, recibió una carta en la que se ordenaba su expulsión de aquel territorio. El motivo aducido por las autoridades era la existencia de un “exceso de extranjeros”. En esos meses Barasch se hallaba cursando el primer semestre de Químicas en Zúrich y lejos de abandonar sus estudios, continuó asistiendo a clase hasta acabar el curso académico.

El viaje del héroe

Al iniciar el verano, y debido a las advertencias de las autoridades suizas, se trasladó a la ciudad de París pensando que allí podría continuar sus estudios. Pero en septiembre de 1939 se inició la guerra. Su condición de alemán, aunque exiliado de su patria, le puso en el punto de mira de las autoridades francesas. Fue en ese instante cuando comenzó un largo viaje por el país galo. En un principio se dirigió hacia el sur, alejándose lo más posible de las grandes ciudades y de los nazis. Al llegar a Poitiers, tal y como relata en sus memorias, Werner pensó que estaba a salvo. Pero su percepción no pudo ser menos acertada. Al llegar a Poitiers buscó un hotel y alquiló una habitación para descansar. Al hacer la reserva tuvo que presentar su documentación. El dueño del hotel, al ver que era alemán, llamó a las autoridades francesas. Unas horas más tarde Werner fue detenido. Después de permanecer unos días encarcelado, fue conducido junto con varios presos alemanes al Camp du Ruchard, que estaba formado por unos cuantos establos y cuyo perímetro se hallaba cercado con alambrada. De esta forma, Barasch, un refugiado político, se convirtió en un enemigo de Francia y, por ende, en prisionero de guerra.

Después de la caída del gobierno francés, Barasch fue conducido a la estación, lo introdujeron en un tren y, junto con cientos de prisioneros más, fue trasladado al sur. En un momento de ese viaje aprovechó el despiste de sus vigilantes y logró huir junto con varios prisioneros más. Al recobrar su libertad, decidieron dirigirse a Marsella. Allí Barasch intentó buscar una salida de Europa. Incluso se puso en contacto con la  Embajada de los Estados Unidos, pero sus esfuerzos fueron fútiles. Dos meses más tarde fue de nuevo detenido por su condición de alemán. En esta ocasión, fue encarcelado en la Prisión de Marsella. Luego fue enviado a un campo de concentración cercano, situado en una fábrica de ladrillos en Les Milles, donde permaneció dos semanas. Pasado ese tiempo, el joven alemán pudo evadirse de nuevo.

Tras huir del campo de concentración, Barasch pensó que a esas alturas quizá el mejor destino era dirigirse a Suiza. Con el fin de evitar el tren, ya que solía estar muy vigilado por agentes de policía, compró una bicicleta a unos campesinos franceses y durante varios días recorrió por carretera los cientos de kilómetros que le separaban de la frontera Suiza. Al llegar al puesto fronterizo, unos agentes franceses le dieron el alto. Y, tras comprobar su identidad, fue de nuevo detenido y, posteriormente, trasladado al Campo de Concentración de Argèles Sur Mer. Éste campo, conocido por haber servido para confinar a los miles de españoles, hombres, mujeres y niños que desde los meses finales de la Guerra Civil y primeros meses de la dictadura se vieron obligados a exiliarse de España por miedo a ser severamente reprimidos, también fue utilizado para mantener encerrados a ingleses, polacos, alemanes o rusos. Barash, que para entonces ya se había convertido en un especialista en realizar evasiones, logró huir del campo en el mes de febrero de 1941. Dada la situación, sólo le quedaba una opción para huir de las autoridades francesas y de las alemanas: atravesar España y dirigirse hacia Portugal, desde donde podría iniciar su exilio transoceánico.

Werner en los espacios de encierro franquistas

El viaje no estuvo exento de dificultades. Subir la cara francesa de los Pirineos y llegar a la cima del paso fronterizo no fue difícil, más complejo fue atravesar los Pirineos, bajar por el escarpada cara española y soportar el frío del invierno. Al día siguiente de pasar la frontera su travesía fue inesperadamente interrumpida. Una pareja de la Guardia Civil le descubrió en las inmediaciones la localidad de Espolla y al ver que no tenía la documentación reglamentaria fue detenido. Su delito, “paso clandestino de frontera”. Al día siguiente fue conducido a la Prisión de Partido de Figueras, donde se hallaban recluidos numerosos presos extranjeros de diversas nacionalidades. En aquella cárcel permaneció varios meses y, tal y como señala Sala Rosé, Barasch inicio diversos trámites para intentar recobrar la libertad y persuadir a las autoridades españolas para que le dejaran marchar a Portugal. Sus cartas dirigidas al Gobernador Civil de Gerona o a otras instancias superiores no tuvieron el efecto deseado. Werner estuvo en la prisión de Partido de Figueras hasta el mes de junio, fecha en la que reinició su ya dilatada travesía por los espacios de encierro.

A principios de junio de 1941, Werner Barasch salió de la cárcel de Figueras rumbo al Campo de Concentración de Miranda de Ebro. Desde Figueras fue trasladado, junto con varios presos extranjeros más a la Prisión Modelo de Barcelona. Allí, recuerda nuestro protagonista, había “unos 10.000 presos y poco espacio”. En Barcelona pasó tan solo una noche y al día siguiente, 10 de junio, continuó su viaje en tren hasta Zaragoza.

Después de pasar 4 días en la cárcel de Torrero, el 14 de junio de 1941 Barasch fue trasladado a la Prisión Provincial de San Sebastián. Al día siguiente él y varios presos más fueron conducidos a Irún. Allí, en el puente internacional que unía España con Francia esperaban unos soldados alemanes con una lista. Como relató Barasch, el “oficial de las SS buscó nuestros nombres en una lista de prófugos en busca y captura que parecía la guía telefónica de una ciudad grande”. Al no constar sus nombres, volvieron a la cárcel y de allí, a los pocos días, Werner fue trasladado al Campo de Concentración de Miranda de Ebro, donde permaneció encerrado hasta marzo de 1943.

Camino a la libertad

En el campo de Miranda conoció a decenas, a miles de exiliados europeos que se hallaban en su misma situación. Allí desempeñó varios trabajos, desde pelar patatas hasta leer las cartas que recibían los presos del campo y ayudar a que no entrasen escritos cuyo contenido aludiera a la situación política nacional o internacional. Gracias a la intercesión del American Friends Service Commitee, en marzo de 1943 le concedieron la libertad condicional. La situación de Werner mejoró, pero seguí sin poder salir del país. Después de salir del campo de concentración se fue a vivir a Madrid y allí estuvo trabajando durante varios meses, hasta que en 1945 Werner obtuvo el permiso para salir de España y un visado de residencia en los Estados Unidos de América. El viaje, en barco desde Lisboa, duró 17 días, tras los cuales pudo sentirse después de muchos años a salvo y en libertad.

Bibliografía

HEREDIA URZÁIZ, Iván, “En la sombra de la historia: presos extranjeros en la cárcel de Torrero, Zaragoza, 1936-1948” en XIX y Veinte. Revista de historia y pensamiento contemporáneo, Número 7, 146 y 177, año 2012.

SALA ROSE, Rosa, La penúltima frontera. Fugitivos del nazismo en España, Papel de Liar, Barcelona, 2010.

BARASCH, Werner, Fugitivo. Apuntes Biográficos (1938-1946), Alba, Barcelona, 2008.

CALVET, Josep, Las montañas de la libertad. El paso de refugiados por los Pirineos durante la Segunda Guerra Mundial, 1939-1944, Alianza Editorial, Madrid, 2010.

Testimonio de Werner Barasch

Testimonio de Werner Barasch (en inglés)

Nota: Artículo que publiqué en dos partes en iHistoriArte, revisado y corregido.

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